Niñas perversas
El lenguaje de los agonizantes, un padre maricón y un dandy confundido.
Mary Ellen Mark, Girl Jumping Over a Wall, Central Park, Manhattan, New York, 1967
Comencemos aireando lo obvio, así ya nos lo quitamos de encima. No, no hubo newsletter el mes pasado. No, no sé explicar muy bien qué sucedió. Si fueron las tareas cotidianas, el estrés o la pereza... Hagamos lo siguiente: enero no sucedió. Fue un período de prueba. Un free trial. Un error en la Matrix.
Pero aquí estamos de nuevo. Así que vamos a lo nuestro.
Febrero ya casi termina (soy consciente), pero marzo se hace largo, eterno. Como el agobiante agosto, ahí partiendo el año aunque de rupturista no tenga nada. Hoy les traigo, para lo que queda de febrero y para el marzo que se aproxima, un cuento (para nada tierno) de mi tierna infancia, una novela tan real que roza el absurdo y un poema, como no, de la reina de las niñas perversas: Alejandra Pizarnik. Sin más preámbulos, aquí vamos.
Hoy les traigo un cuento, una novela (corta, ya saben cómo es la cosa) y un poema.
Niña Perversa, Isabel Allende (1989)
Se me dificulta muchísimo hablarles de este cuento sin mencionar cómo llegó a mis huesudas y mojadas manos de niña de nueve años.
La cosa sucedió más o menos así: año 2009, en el balneario donde pasábamos nuestros veranos entre el vapor de las siestas y las ofertas del Free Shop, mi abuela y mi madre se toparon con una entrevista a Isabel Allende en la televisión. Y la chilena las conquistó.
Antes de escribir nada más, debo hablar del elefante en la habitación (o más bien, en la pantalla): soy consciente de que muches de ustedes deben odiar a esta señora. No me meto en controversias ni en bandos, no soy Bolaño. Simplemente reconozco que sus primeros libros tuvieron un impacto tal en mí que aquí me tienen, leyendo y recomendando lecturas. Así que, supongo, se merece algún punto de cariño, aunque su reputación literaria sea dudosa. En fin, finiquitada esta polémica, continúo.
La chilena las conquistó. Y dio la casualidad de que el diario local estaba regalando sus libros con el especial dominical. Así llegó a mis manos Cuentos de Eva Luna, libro que conservo hasta hoy, con las anotaciones originales que le hice de niña y sin contratapa. Llegó a mis manos también porque a mi abuela el primer cuento la atemorizó. Y es el cuento que les traigo hoy.
Tenemos a la preadolescente Elena, una cachorra desnutrida que vive con su madre en la pensión de la misma. Elena sube y baja con platos de comida, tiende camas, es servicial y discreta. Tan discreta que nadie la escucha moverse por aquellos cuartuchos que componen la pensión. Dentro de sí, entre tanta hormona, no hay lugar para discreciones. Elena, con los primeros calores de la apremiante adolescencia, se obsesiona con Bernal, un dandy de complexión elegante que se aloja en la pensión. No sabemos si es una casualidad o una causalidad, pero sucede que, además, es el amante de su madre, una bella mujer de complexión gruesa: todo lo opuesto a nuestra espectral protagonista.
Sin spoilers, la historia va de cómo Elena se vuelve completamente loca y comienza a actuar como un lobo bajo la luna. Pero es tan invisible que nadie se da cuenta. Por suerte, porque eso le permite acercarse a Bernal. Los años pasan y el recuerdo de aquella niña perversa marca a quienes menos lo esperamos.
Lo pueden leer en el libro Cuentos de Eva Luna, que es una de mis más tiernas fascinaciones con la literatura. Está en librerías, bibliotecas, en internet. Ya saben.
Nancy, Bruno Lloret (2014)
Foto: Editorial Candaya.
Nancy es un viaje. Al interior de la enfermedad, a la desolación, a la miseria que aferra a ciertas partes del continente latinoamericano. Una mujer que se está muriendo de cáncer nos relata su vida comenzando por su violenta adolescencia. Las X que aparecen recurrentemente en el texto no son ningún tesoro a excavar, sino, una representación gráfica de la metástasis creciendo furiosamente en el cuerpo de nuestra protagonista. Un relato tan desgarrador que por momentos se torna absurdo. Árido y sin lluvia. Enfermedad sin morfina. Desesperación religiosa ante la desolación, extractivismo, pobreza, calentura, hambre. Nancy se lee de golpe porque eso es: un golpe.
Una novela donde los personajes parecen estar en un limbo, donde todo el mundo parece buscar levemente la salvación, aunque con la certeza de que solo existe el infierno.
En España la pueden comprar en librerías o en la misma página de la editorial Candaya
En Montevideo, la tienen en Escaramuza (¡qué grata sorpresa!).
Les dejaría un párrafo pero desde la editorial se equivocaron y pusieron un capítulo de otra novela donde debería estar la de Lloret. Les dejo entonces lo que opina Zambra sobre la misma:
“(un) Inventario de abandonos y abusos, inevitable diario de muerte, y de rodaje, diatriba contra la domesticada pasión religiosa, esta extraordinaria novela trasciende ampliamente la denuncia y el ejercicio de estilo y avanza hacia un realismo nuevo, inesperado, disidente” Alejandro Zambra.
Ya juzgarán ustedes mismes.
Y ahora, un poema:
Como siempre, les dejo un poema para finalizar con el newsletter de este mes. Le toca a una de mis favoritas, Alejandra Pizarnik, madre de todas las niñas perversas.
La noche,
de nuevo la noche,
la magistral sapiencia de lo oscuro,
el cálido roce de la muerte,
un instante de éxtasis para mí, heredera de todo jardín prohibido.
Pasos y voces del lado sombrío del jardín.
Risas en el interior de las paredes.
No vayas a creer que están vivos.
No vayas a creer que no están vivos.
En cualquier momento la fisura en la pared y el súbito desbandarse de las niñas que fui.
Caen niñas de papel de variados colores.
¿Hablan los colores? ¿Hablan las imágenes de papel?
Solamente hablan las doradas y de esas no hay ninguna por aquí.
Voy entre muros que se acercan, que se juntan.
Toda la noche hasta la aurora salmodiaba: Si no vino es porque no vino.
Pregunto.
¿A quién?
Dice que pregunta, quiere saber a quién pregunta.
Tu ya no hablas con nadie.
Extranjera a muerte está muriéndose.
Otro es el lenguaje de los agonizantes.
He malgastado el don de transfigurar a los prohibidos (los siento respirar adentro de las paredes).
Imposible narrar mi día, mi vía.
Pero contempla absolutamente sola la desnudez de estos muros.
Ninguna flor crece ni crecerá del milagro.
A pan y agua toda la vida.
En la cima de la alegría he declarado acerca de una música jamás oída.
¿Y qué?
Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis,
haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo,
rescatando cada frase con mis días y mis semanas,
infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir.
Y hasta aquí. Espero a estas alturas mi ausencia ya esté perdonada, como la de un animal doméstico que se escapa unos días para volver sucio y feliz.
Con amor y sordidez,
Nazarena.





quiero leerlo todo
gracias naza